De la calle al lienzo, mi búsqueda de la “luz”

Es mañana de domingo y faltan quince para las ocho cuando llego a la famosa Calle Real de Liberia, Guanacaste. Parqueo y apago el motor.

El clima es bueno, como suele ser en Liberia en las mañanas, ¡claro, en las mañanas! Porque al acercarse el medio día sube la temperatura hasta desatarse el infierno sobre la tierra… pero por el momento todo bien-.

La calle está casi desierta; en una esquina un ciclista conversa con un peatón. Aparte de algún otro ciclista que pedalea en una dirección u otra, no hay nadie más.

Así que, a lo que vinimos.

Camino un poco y observo mis posibles motivos a pintar. Las casonas a mi alrededor son bahareque y adobe; antiguamente, esta calle era la entrada principal de la ciudad, se respiran historias y nostalgias.

Al fin me decido por un tema sencillo: una pared blanca. Aunque… en realidad casi todas son blancas-. Un árbol joven de guayacán que se abre paso a través del concreto, una macetera y una ventana que se asoma por entre las ramas; todo esto no es más que un simple pretexto para pintar mi verdadero tema, la luz.

Saco mis “cherevecos” portátiles de pintura y armo mi estudio justo debajo de una ventana.

Comienzo con los primeros trazos, capturo las sombras; esas esquivas musas que se mueven rápidamente y cambian de intensidad conforme avanza la mañana.

Mientras trabajo, llega otro compañero artista en busca de su “porción de pretexto” para manchar su papel de acuarela virgen.

Hago una pausa, busco mi inseparable termo y compartimos una caliente dosis de cafeína, que estimula el espíritu y enfoca los sentidos. ¡Listos! Ahora, a pintar de nuevo.

El proceso de pintar al aire libre tiene una buena dosis de interacción social, a no ser que se esté pintando en algún lugar recóndito de la naturaleza.

En ese caso lo que se tendría serian momentos “nat geos”, como pelear con un pizote por los pinceles, o evitar que las hormigas me conviertan en su cena. En esta ocasión, ese no es el caso; pinto en media calle.

Así que, entre pincelada y pincelada tengo que hacer paradas para saludar, contestar preguntas, y no, en pocas ocasiones dejarme tomar una foto. Ahora, –yo me pregunto, ¿qué harán con esa foto? posiblemente, le suceda como a la mayoría de fotos que se toman con el celular, solo llenaran la memoria, hasta volverlo lento.

Entre esos lapsos sociales destaco la charla con un escultor local; donde abordamos el tema de la situación actual de las artes visuales, en la provincia guanacasteca. Segundo, la compañía de dos alumnos del Colegio Artístico de Liberia, quienes estaban interesados en estudiar la carrera de pintura. ¡Imagínense! que excelente oportunidad para hablar de lo que más me interesa, yo.

Así que les conté lo que es la vida de artista; sus altibajos, más bajos que “altis”, las penas y las glorias;-bueno más penas que glorias.

Pero que al final, si es lo que verdaderamente les gusta y se es bueno en ello, no hay por qué preocuparse por morir de hambre, siempre  saldras adelante. ¿Saben qué? creo que se la creyeron; entonces mi trabajo está hecho, dos discípulos más del lado oscuro.

Lástima que, todo lo bueno también tiene que acabar.

Conforme se acercaba, el antes mencionado infierno sobre la tierra, fui dando mis últimas pinceladas. Una que vez que acabé, fui a dar mi apoyo moral a mi compañero de aventuras pictóricas.  Acabado su trabajo levantamos el campamento y nos despedimos.

Planearemos por “guasap” la próxima pintada.