Plein air: El paisaje solo es un pretexto

Alguien me preguntó el por qué no utilizaba una  fotografía del paisaje para reproducirlo en el estudio y no tener así que salir al aire libre; imagino que esa persona pensó en las incomodidades que eventualmente ese proceso conlleva. Solo le miré y exclamé: es que no soy paisajista,  no me interesa realmente el paisaje como tema final y mucho menos la reproducción fiel de un fragmento de realidad, como dije, porque no soy paisajista, de hecho me considero abstracto. 

Entonces ¿por qué voy al aire libre con mi equipo al hombro a pintar paisajes, a pesar de  las incomodidades que eso conlleva? ¿Porqué busco paisajes como motivos de mis trabajos?

Considero el Plein air como un medio para satisfacer mi necesidad de retroalimentación porque cuando te adentras en el multiverso del arte abstracto las ideas se pueden desgastar rápidamente y quedar atrapado en un bucle  de formas recicladas y autocomplacientes.

Sí, así de grave, por eso trato de abandonar el estudio cuantas veces me sea posible,  visitar el mundo concreto, la realidad orgánica y llenar el intimo baúl de la inspiración. 

El “plein air” lo considero  esencial para un pintor, como el ejercicio diario para un deportista es tornar a lo básico, entrenar el músculo, la mano, el ojo, es encarar una realidad de luz cambiante minuto a minuto, para lograr plasmar en una eterna estampa el momento de lo efímero. La acción física de percibirse envuelto por los elementos naturales y sus volubles peculiaridades de temperaturas, olores y sonidos sobrecarga nuestros sentidos, nos  facilita percibir la realidad con mayor magnitud.

Por esta razón “tolero tantas molestias”, preparo mi equipo, cargo la mochila, lleno el termo de café, obviamente, y me desplazo  lejos de las comodidades de mi estudio, en busca de ese motivo que me permita avanzar por la veleidosa senda de la pintura.